Fuente: La Opinión (Cúcuta) 

Después de un largo viaje sin dinero, sin comida y con el riesgo de morir, tres soldados del Ejército Bolivariano de Venezuela llegaron a Colombia. Los unieron redes sociales y a través de ellas acordaron dejar su país.

Crédito Édgar Cusgüen/ La Opinión

Crédito Édgar Cusgüen/ La Opinión

Con voz quebrada, tembloroso y llorando, José Luis* relata cómo fue la huida.

“Cuando llegué a despedirme, mi niña, la menor, me dijo que tenía hambre, y yo le respondí que saldría a buscar la comida… No había nada y no tenía ni un bolívar; el corazón se me destrozó”, relató. “Llorando, mi madre me pedía que no me viniera. Mi esposa no apoyó mi decisión y su reacción fue enojarse”.

Con miedo y un nudo en la garganta, cruzó la frontera con la visión firme de lograr un futuro. “Mi meta es llegar a Perú o Ecuador, trabajar y ayudar a mi familia que está pasando hambre”, recalca.

Julio César* emprendió un viaje sin regreso, tras dos años de servicio. Tiembla, frota sus manos y con la voz casi inaudible dice: “No me despedí de mi hija… Mi chiquita… Esto que hago es por ella”.

Para él no fue fácil ver a su compañero José Luis despedirse de los suyos y saber que él no pudo decirles adios a los suyos, porque estaban lejos del punto donde trabajaba.

Tomó la decisión el día que le ordenaron pelear contra su propia gente, con una bomba en la mano que lo asfixiaba, le pesaba y también lo ponía en riesgo. “Me dijeron: matar o morir; es usted o son ellos”.

Desesperado y con miedo, actuó, pero juró no volver hacerlo, porque su deber como hombre y militar es cuidar a su gente.

Miguel Ángel* tiene claro que salir de un “gobierno opresor e injusto” fue la mejor decisión, y que será para bien.

“Me cansé de la injusticia y la soberbia del Gobierno; me cansé de ver a mi familia peleando por comida. Mientras unos comían, otros teníamos que mirar. Todo era un completo egoísmo y eso dolía, dolía mucho”.

Miguel Ángel vio a su familia como una bomba de tiempo que peleaba por comer y sobrevivir.

Pronto el reloj marcará la hora cero, para reanudar el calvario de unos, la supervivencia de otros y la esperanza de todos por una vida mejor.

Todas las carencias…

Aunque estos venezolanos buscaban calidad de vida, sin saberlo, cayeron en la mendicidad. “Es una realidad innegable, pero muchos prefieren ignorarla”, dice Eduardo Ramírez.

Para Juan Russa, con un mes en la ciudad, cada día es una batalla. En la mañana camina hasta el río Pamplonita para bañarse, cepillar sus dientes, y lavar la ropa.

Luis Narváez, resignado, pasa hasta cuatro días sin bañarse, y olvida el olor de un jabón, pero cuando hay una tacita de agua, prefiere tomarla o aliviar su piel reseca.

Leonardo Castillo, 25, llegó desde Guárico, con la ropa que tenía puesta. Con más de 12 horas sin ir al baño, el estómago duele y las manos sudan. “No me atrevo a bajarme el pantalón delante de tanta gente y tantos niños”.

El espacio se reduce, y en solo unos minutos llegan más personas, y todos deben acomodarse alrededor de la cancha, donde el techo es el cielo; el suelo es la cama, y el sereno, el ventilador.

* Nombres supuestos.

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