Bogotá. Confinados por una guerra de más de 30 años en la selva, la guerrilla colombiana degeneró en formas propias de lo más atrasado de la convivencia humana. La selva es, para el nativo americano que vive en países que colindan con ella, un territorio de frontera con lo poblado, con lo urbano. Es un ámbito que se abre a lo desconocido, un lugar prácticamente inhabitable, que contiene lo más originario de la biología y de la geografía del mundo. En la selva, las FARC han venido secuestrando personas, robando años de vida que nadie puede restituir. Los testimonios de los que no fueron asesinados o no murieron por las condiciones extremas, remiten a estados primigenios de existencia superados por nuestro “proceso civilizatorio”. Difieren estos testimonios de otros secuestros, igualmente deplorables, como los del relato que hizo Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro, efectuados por el narcotráfico en tiempos de “los extraditables”, durante los cuales las víctimas permanecieron en apartamentos y casas, hasta ranchos urbanos, fincas o haciendas, propiedades fruto del lucrativo negocio de la droga. Los secuestros de las FARC evocan un imaginario muy distinto y los testimonios –de ambos bandos– traen al presente fantasmas de un pasado histórico ya superado. Sin luz eléctrica, sin agua potable, expuestos los secuestrados a la leishmaniasis o al paludismo. Estampas de una forma de vida basada en la caza, la pesca y la recolección. Si no fuera porque a Reyes le encontraron unas laptops, y por las armas que usan, se diría que viven como en tiempos de la conquista cuando los antepasados aborígenes, dispersos en tribus, trashumaban ocultos por la selva siguiendo sus propias leyes de justicia y sociabilidad. No son aborígenes, por cierto, los secuestradores, y no son ya campesinos porque su modus operandi selvático no les permite cultivar la tierra ni criar animales. Ese mapa imaginario (y digo imaginario hasta para los más sofisticados radares) de “la selva” o “la zona de la guerrilla” es un lugar innombrado, un espacio que recuerda a la tierra incógnita, en la que por lo demorado de la lucha guerrillera, parece que ésta se libra más contra los elementos que por reivindicaciones políticas. El rescate de los secuestrados ha sido efectuado por las instituciones paradigmáticas de las repúblicas modernas: el presidente de la República, llámese Uribe, el Ejecutivo, el Ejército, llámese de Colombia. Ingrid Betancourt, además de ciudadana civil, cuyos derechos garantizados por el orden institucional al que ella pertenece fueron conculcados, tiene además doble nacionalidad. La segunda, es nada menos que francesa, país que casi inventó la palabra civilización y cuna de muchas de las ideas que los prohombres de la Independencia esgrimieron para fundar la República. Allá está, de besos con el representante de uno de los poderes que teorizó Montesquieu. Se podría decir de esta guerrilla que su equivocación no es tanto ideológica, sino de paisaje. Los testimonios de los rescatados han lanzado al mundo –civilizado, que mira la TV y usa Internet– unas imágenes de evocaciones inquietantes. De todas ellas, quizás la más terrible sea la del empleo del cepo para someter a los cautivos atándolos por el cuello y llevándolos con cadenas en los recorridos por la selva, reminiscencia de la más infame de las condiciones, la esclavitud, propia del pasado colonial americano, institución abolida por las leyes que instauraron las repúblicas que hoy somos. Los rescatados han sido recurrentes, y a las fuentes me remito, en su desprecio a los carceleros –ningún Síndrome de Estocolmo a la vista–, maldicen la selva y hablan de la resistencia frente a una realidad que les impuso el cautiverio, no sólo ideológico, sino geográfico de las FARC. Ingrid Betancourt ha sido rescatada de algo más que el bando enemigo o un cautiverio forzoso. Se la ha traído de vuelta a la civilización. Un día alguien preguntará qué fue de los guerrilleros de las FARC y la respuesta más plausible será: “A esos tipos como que se los tragó la selva”. Fuente: Tal Cual. Pág. 11. Caracas 18/07/08.

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