Son cuatro las cicatrices de puñaladas que José tiene en su cuerpo, pero ninguna tan dolorosa para él como la que pretenden sumarle. Con 29 años y muy poco miedo, este joven venezolano espera vencer el estigma, dejar una huella y ganar la batalla a la Fuerza Armada de su país que lo expulsó de sus filas por el simple hecho de ser homosexual.

Crédito NTN 24

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Era de noche y aún no vencía la primera mitad de 2015 cuando “una decisión irresponsable” puso en riesgo la integridad de José, cuyo verdadero nombre y cargo no serán revelados. Invitó a su casa a un compañero militar de menor rango con quien acordó pasar la noche y disfrutar del tiempo libre de ambos en la comodidad que supone el hogar.

Aquella velada íntima y fortuita había terminado para José que ya dormía antes de la medianoche.Fue el frío cuchillo que entró en su cuello lo que lo sacó del sueño trayéndolo de vuelta a una pesadilla: quien le había ofrecido besos y caricias hacía algunos instantes ahora se lanzaba en su contra, puñal en mano, y concretaba una segunda punzada a la altura de la frente.

Con la visión en rojo y el cuerpo enteramente desnudo José empujó a su atacante y se puso en pie. De inmediato comenzó a pedir auxilio, gritos de socorro que encendieron las luces de todos sus vecinos (militares en su mayoría). Al interior de su casa el peligro seguía con vida y sumó dos puñaladas antes de que el primer socorrista abriera la puerta de aquella vivienda convertida en paredón.

El victimario soltó su arma al verse sorprendido y se atrevió a decir que aquello fue en defensa propia frente a un supuesto intento de violación. El aparente violador se desangraba mientras un grupo de vecinos lo envolvía en una sábana y conseguía el vehículo en que finalmente lo trasladaron al hospital.

Al día siguiente José fue dado de alta y su agresor fue puesto tras las rejas. Evaluaciones forenses practicadas a ambos mostraron la falsedad de la violación argumentada por el de menor rango. La víctima real de esta escena fue enviada de reposo médico a su casa durante 15 días con la débil promesa de “vamos a ver qué hacer contigo”.

El puñal de la homofobia

Al momento de su retorno no hubo abrazos ni bienvenidas, solo rostros que no respondían la mirada y el mensaje de que se dirigiera de inmediato hasta una Comandancia donde le explicarían su futuro. José tenía doce años dentro de la Fuerza Armada, cinco en la escuela de la que se graduó con honores y siete como profesional.

La decisión fue tomada durante sus días de descanso. Se le abriría una investigación administrativa disciplinaria por ofender a la moral, las buenas costumbres y el honor militar y sería imputado ante el tribunal militar por la presunta comisión del delito de “actos sexuales contra natura”, tipificado en el artículo 565 del Código Orgánico de Justicia Militar (COJM), vigente en Venezuela.

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Desde entonces, una decena de generales y coroneles intentó persuadir a José para que pidiera la baja porque “era lo mejor”. Sin embargo, éste no cedió, y emprendió una batalla para demostrar que era víctima de una injusticia.

Los motivos que lo exculpan de cualquier delito o responsabilidad son repetidos con el tono catedrático que le da el conocimiento de su oficio y la asesoría legal que ha recibido hasta ahora.

José explica que no faltó a la moral y las buenas costumbres ni ofendió el honor militar porque al momento del ataque estaba en su casa,  en horas de descanso, no tenía puesto el uniforme,  el acto íntimo no tuvo lugar dentro de una unidad militar ni en un sitio de dudosa reputación.

Sin embargo, el Consejo de Investigación determinó que debía ser expulsado de la Fuerza Armada por generar zozobra entre sus vecinos, entre los que mencionan a ancianos, embarazadas, discapacitados y niños. Así, el Ministro de Defensa Vladimir Padrino López firmó la separación del cargo en el último trimestre de 2015.

Los miembros de ese Consejo consideraron que José generó zozobra al pedir auxilio para salvar su vida ante las puñaladas de un desconocido. Él cree que si hubiera sido una mujer oficial la que pidiera socorro por agresiones de un hombre no la habrían separado de su cargo.

Por otra parte, su imputación ante el Tribunal Militar supone una pena de 1 a 3 años de cárcel y la expulsión en cuestión. José no ha sido encarcelado y sostiene que la acusación fue hecha únicamente para respaldar el proceso administrativo que lo dejó fuera del Ejército.

Agrega que su caso es considerado emblemático en la esfera militar venezolana que, según describe, funciona bajo una versión criolla y tácita del “no preguntes, no digas” estadounidense a la que le suman “no murmures y no pienses”. Dice que la homofobia “ahí adentro” es muy grande. Incluso recuerda a un general expresar por su caso y en su cara: “Si no hacemos nada, todos los maricos del Ejército van a querer hacer lo mismo”. Todos esos homosexuales a los que aludía su superior son desconocidos por José, pues el hermetismo con que debe manejarse la orientación sexual dentro de la Fuerza Armada les impide conocerse y apoyarse.

Vencer el estigma y dejar huella

Cualquier argumento ante lo retrógrado del delito imputado a José se pega de frente con la solidez y vigencia de la ley que lo contempla. No obstante, el COJM fue reformado en 1998 por última vez. Un año más tarde la nación aprobó una nueva Constitución donde la discriminación por orientación sexual está prohibida y, por tanto, el artículo 565 del Código que tipifica y castiga “los actos sexuales contra natura” debería ser inaplicable.

Al respecto, Rocío San Miguel, presidente de la Organización No Gubernamental Control Ciudadano para la Seguridad, la Defensa y la Fuerza Armada, apunta que los tribunales deben regirse por el principio de progresividad en derechos y no contravenir los avances consagrados en la Carta Magna. Además, cuestiona lo indeterminado de este apartado que podría aplicarse para sodomía entre hombre y mujer, o para violaciones y zoofilia, pero que es usado como verdugo contra los uniformados homosexuales.

José repite que el 565 es inconstitucional. Ha leído al respecto y ha escuchado a juristas criticar la naturaleza de aquellas palabras. Una conquista de la llamada moral sexual religiosa dentro de la – cuando menos – conservadora institución militar venezolana. Un sistema que es visto como tal por este joven que decidió enfrentarlo.

“Yo no quiero que mi caso sea usado como bandera política… deseo que haya un cambio. No voy a aceptar llegar a viejo sabiendo que me botaron de la Fuerza Armada por gay”, suma con nuevos bríos José, mientras suelta una sonrisa de determinación renovada.

Mientras espera que algún abogado se interese ad honorem por su caso, José cuenta los días para introducir ante el Tribunal Supremo de Justicia una solicitud de amparo constitucional que le permita el reenganche a la vida militar, ese apostolado del que habla con orgullo y al que no teme volver pese al acoso e intimidación que – sabe – podría sufrir.

Fuente: NTN 24

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