06/04/08. Caracas. Alexis Alzuru: El filósofo y politólogo sugiere que el Estado se transforma en una red delictiva. Venezuela había tenido gobiernos profundamente corruptos, pero todo indica que se está frente a un fenómeno distinto y de otras implicaciones morales, sociales y culturales, dice el profesor. Añade que cada día hay más señales que permiten pensar que con la llegada de Hugo Chávez al poder se institucionalizó una visión de la política vaciada de todo contenido moral Ficha personal Nació en Caracas el 7 de mayo de 1957. Filósofo (UCAB, 1977), Máster en filosofía (USB, 1985) y doctor en ciencias políticas (UCV, 1992). Desde 1993 es docente del doctorado de ciencias políticas de la UCV. La principal línea de investigación del profesor Alexis Alzuru es la ética política. Desde hace dos décadas estudia cómo la acción en ese campo se relaciona con el marco moral del venezolano. Este filósofo y politólogo, docente del Doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela, advierte que el problema de la corrupción que hoy vive el país \”es más definitivo y radical\” que en el pasado. Alzuru sugiere que el Estado se transforma en una red delictiva y denuncia que el Gobierno institucionalizó una visión de la política vaciada de todo contenido moral, que intenta corromper a los ciudadanos para así someterlos. –La corrupción no es un fenómeno nuevo. Venezuela siempre ha figurado en los primeros lugares de la lista de países más corruptos que desde 1995 publica Transparencia Internacional… –Ningún venezolano puede negar o desconocer que en los gobiernos anteriores, en especial desde la primera elección de Carlos Andrés Pérez, hubo un proceso creciente de corrupción. Muchos políticos robaron los recursos públicos de manera brutal y descarada. Los partidos y muchas organizaciones se corrompieron de manera obscena. En ese período tuvimos gobiernos profundamente corruptos. Pero no hay hechos que permitan interpretar que entonces la corrupción era entendida y ejercida como una política de Estado. Es decir, como una de las principales estrategias políticas en las que se afinca y preserva el poder del Estado. –¿Cuál es la diferencia entre esa corrupción y la que vemos ahora? –Venezuela había tenido gobiernos profundamente corruptos, pero nunca tuvimos la percepción de que el aparato del Estado se estaba transformando en una red delictiva. Todo indica que estamos frente a un fenómeno distinto, de otra calidad, de otra entidad y magnitud y de otras implicaciones morales, sociales y culturales. Cada día hay más indicios que permiten pensar que con la llegada de Hugo Chávez al poder se produjo un hecho insólito, único y decisivo en la cultura moral, social y política del país: se institucionalizó una visión de la política vaciada de todo contenido moral. No estamos únicamente frente a otro gobierno corrupto. El problema es más definitivo y radical. Estamos frente a una comprensión, una visión de la política que fundamentalmente quiere una cosa, que es apropiarse de la capacidad de decisión de los sujetos. Esa visión del Gobierno intenta corromper a los ciudadanos hasta los tuétanos para así someterlos, dominarlos y humillarlos. –¿Ya no se trata sólo de llenar las cuentas bancarias? –El corrupto de cuello blanco se conformaba con llenar sus bolsillos y sus cuentas bancarias. Pero el que tiene una comprensión autoritaria y totalitaria del poder es corrupto no sólo porque quiere bienes materiales. No satisface su apetito y voracidad de poder solamente con un Rolex, un avión de 100 millones de dólares, 20 fincas o con una corbata Louis Vuitton. Él quiere eso, pero desea algo más: el alma de cada uno de los ciudadanos. Su verdadero deseo, su placer más intenso, es apoderarse y someter al ciudadano hasta la humillación más aberrante. –El Gobierno dice que sí combate la corrupción, y pone como ejemplo el caso de Eduardo Lapi o el de los más de 400 ex funcionarios inhabilitados… –Y yo puedo poner por ejemplo el caso del gobernador de Yaracuy, o el de los otros tres gobernadores en el banquillo de los acusados. Creo que eso es parte del juego, de la tecnología de la corrupción. Es decir, yo te corrompo y en el momento en que necesite llevarte al patíbulo, te voy a llevar. Pero no es para hacer la corrección institucional, moral, social y cultural. Se trata de que yo necesito colocar en el patíbulo a unos cuantos porque tenemos elecciones a la vuelta de la esquina. Pero si tú quisieras hacer algo contra la corrupción, comenzarás a establecer mecanismos correctivos en términos institucionales. –Más allá de robar un dinero, ¿qué manifestaciones concretas tiene esa visión amoral de la política? –Hay un hecho reciente que expresa con claridad lo que estoy diciendo: el minuto de silencio que el Presidente y su equipo guardaron por la muerte de Raúl Reyes. Ese gesto es obviamente censurable por los valores que Raúl Reyes encarnaba y representaba como persona. Pero, en realidad, lo que estremece es lo que ese gesto indica del Presidente: su comprensión de la política. Él entiende que la política es una práctica despotenciada de todo contenido moral. Eso significa que todo está permitido. Dentro de esa comprensión, personas como Raúl Reyes o Marulanda calzan los puntos de lo que debe ser un buen político. Entonces el buen político es el tipo que apela a cualquier táctica, estrategia o recurso, incluso el secuestro, la venta de drogas y armas, para obtener y ejercer el poder del Estado. –¿Qué efectos tiene esta visión sobre la sociedad venezolana? –Esta idea tiene consecuencias prácticas muy contundentes y devastadoras, pues la función pública se instrumenta para desarrollar los medios que garanticen el ejercicio de ese tipo de poder. Una de esas consecuencias es la supresión de los marcos institucionales hasta donde sea posible. Las instituciones se personalizan y se someten a la voluntad del gobernante. Otra es el uso deliberado de los cargos y de los dineros públicos para corromper a los seguidores, funcionarios y militares. Otro ejemplo es el canje de beneficios sociales a cambio del silencio y el apoyo o respaldo cómplice de los sectores medios y pobres: se trata de la compra de la conciencia y de la paz social. Otra de las consecuencias es el uso intencionado del lenguaje procaz, vulgar, soez y violento, como estrategia para configurar la amenaza y el chantaje. Pero también implica el adoctrinamiento y los cambios de patrones educativos y culturales de la población. Hablamos entonces de toda una tecnología de la corrupción. –¿Se puede enfrentar exitosamente esa tecnología? –En medio de todo esta delicada situación debemos reconocer que los venezolanos tenemos una inmensa reserva moral. Parte de esa reserva es lo que ha permitido que en los últimos meses hayamos presenciado una sucesión impresionante de denuncias de actos de corrupción, formuladas por los propios seguidores del Presidente. El coraje de quienes denuncian, el rechazo y la protesta pública de muchos sectores de la población, así como la postura de los medios de comunicación privados, indican también que no todo está perdido. Hay un asunto aquí en el que yo quiero hacer énfasis. Esto no se trata de los políticos de la cuarta o de la quinta república. Aquí hay políticos que se llaman de la cuarta, que también tienen una visión autoritaria de lo que son la política y el ejercicio del poder. –En unos meses habrá elecciones y quizás se vea cómo se manejan los \”otros\”… – Justamente por eso la pertinencia del tema. Cuando uno elige un alcalde, un gobernador, un concejal, un diputado, o más aún un presidente, hay que interpelarlo sobre su perfil, sobre su concepción de la política. Nosotros hemos sido muy flexibles con las exigencias que le tenemos que hacer a los políticos. Yo creo que un aprendizaje que tienen que hacer los venezolanos es que tenemos que ser mucho más estrictos con los políticos que se lanzan a los cargos públicos. –¿Ve una salida a esta situación? – Que venga otra clase política con una visión potenciada de lo moral. En Venezuela hay un error fundamental. Nosotros suponemos que el sostén de la democracia es el voto. Pero la columna vertebral de la democracia es que los ciudadanos crean en las instituciones y que las instituciones respeten las reglas del juego. Si esa credibilidad se desfonda, usted tiene otra cosa, que puede ser hasta parecida a la democracia, pero eso no es democracia. Fuente: El Nacional. El Foro del domingo Reynaldo Trombetta rtrombetta@el-nacional.com

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